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¿Con quién te comparas?

Uno de los grandes problemas que tenemos es la comparación.

Pasamos una gran parte de nuestra vida comparándonos con los demás: comparando nuestra belleza, nuestra fortaleza, nuestra inteligencia, nuestras posesiones… ¡Todo! Hay algo en nosotros que nos lleva a querer ser los más guapos, los más inteligentes, los más rápidos, los más ricos, … “los más” en cada cosa.

La comparación es un mal negocio, que te llevará siempre a salir perdiendo. Tanto si te sientes superior como si te sientes inferior a los demás, en ambos casos experimentarás sentimientos negativos, para los cuales no has sido creado. La comparación te lleva:

  • A no valorar lo que tienes
  • A magnificar lo que te falta
  • A sentirte acomplejado
  • A tener orgullo
  • A dormirte en los laureles

Dice el refrán que “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. Sin embargo, aun si todas las personas que me rodeasen fuesen ciegas, no por eso yo querría ser tuerto: ¡querría ver bien con los dos ojos!

La Biblia dice: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). La clave está en dar siempre lo mejor de nosotros a Dios y en todas las áreas, independientemente de lo que los demás hagan, digan o tengan. Esa actitud es la que nos permitirá progresar y experimentar la bendición de Dios en todo lo que hagamos.

OSí, querido(a) amigo(a), ¡que la única comparación que haya en tu vida sea contigo mismo, para mejorar día a día!

“Señor, gracias porque no necesitamos compararnos con nadie más: Tú nos has hecho únicos, y en Ti nos sentimos plenamente realizados. Te pido que nos ayudes a tener nuestros ojos puestos en Ti, y a que demos siempre, cada día, lo mejor de nosotros para Ti, Señor, Dios mío. ¡Gracias por estar con nosotros y por amarnos tanto! En el Nombre de Jesús. ¡Amén!”